Cuando ves el aspecto de un rostro desposeído de vida no puedes confundirlo con el de uno que duerme. A los pocos según de detenerse el pálpito cardiaco los pómulos se vuelven grises y en la cara se refleja la palidez que caracteriza la muerte y de repente, como por arte de magia, de una manera inexplicable, los detalles cadavéricos se pueden reconocer. Sin haber visto nunca a un muerto detectas estos signos. Se agarrotan las manos y se estiran los dedos, la sangre se detiene, el aliento se seca y los sueños se congelan.
Hace 9 años que la muerte nos miró a la cara, al Hugo operador de
cámara de la TF1, a Carla, redactora italiana, a Igor, guía local de
padres bielorrusos y a mí que pretendía dirigir una producción para la
televisión publica francesa. El 22 de mayo de 1998 a pocos metros de la
puerta posterior del Ayuntamiento de Korce, al este de Albania, una
bala despistada perforó un pulmón a Igor Alexis Mihajlovich mientras
intentaba sacarnos del país. Recuerdo como los tiros, los gritos y
llantos, la pena, la noche y sus sombras y el miedo se alejaban
mientras la muerte abrazaba a mi amigo albanés. Dejé de escuchar todos
aquellos sonidos, metálicos y redondos y vi derramados en el hormigón
áspero de la plaza Federetam todas sus acreditaciones, sus mapas y sus
pensamientos.
Aquel mayo, los albaneses saquearon las armerías, comisarías de policía
y la mayoría de cuarteles militares. Todos iban armados. Los ahorros de
una tercera parte de los habitantes de aquel país habían desaparecido
por culpa de la especulación y el fraude de un sistema piramidal que
escondía la mayor crisis bancaria conocida en nuestro continente. Los
albaneses, desesperados, no sabían contra quién disparar. Sus enemigos
estaban muy lejos, inaccesibles, vivían en Suiza o en Lienchestein.
Pocos días antes que colapsara la economía albanesa, mi equipo
pretendía hacer un reportaje sobre la transición de un país comunista
hacia el capitalismo. Cuando estalló el conflicto estábamos en el
Sheraton de Tirana. Dos semanas después ya estábamos en la frontera de
Macedonia, cerca de Tetovo. Teníamos cien dólares, mucho sueño y un
amigo menos.
Hoy he recordado aquellos días al hablar con mi amigo Hugo. Hemos
hablado de Carla, de cómo no olvidaremos jamas cuando la violaron
delante de nosotros, de cómo escocía el alma de escuchar sus gritos, de
cómo nunca volvimos a escuchar su voz, de cómo supimos que se enamoró
de Igor. Hugo dice que está cargando pilas en un pueblecito francés
mientras se prepara para viajar a Siria. A nuestra manera hemos
homenajeado a Igor. Yo también quería escribir alguna cosa sobre él y
nunca encontré el momento. Quizás hoy que no me borro de la memoria el
llanto ronco de Carla.