Antes de hacerlo en empresa y en economía, tuve la suerte de formarme en Publicidad. Concretamente me especialicé en comunicación estratégica. En esa especialidad había una asignatura sobre construcción del mensaje complejo. Durante una de las conferencias externas, que de manera periódica nos daba la oportunidad de escuchar a genios contemporáneos, Oliviero Toscani nos habló de una curiosa historia que sucedió durante el siglo XVIII.
La cosa iba de un emperador bajito y malformado que llamó al pintor con mayor prestigio del condado para que inmortalizara su deplorable estampa. Poco después de ver el resultado, el dictador mató al autor. Consideró que era un insulto que lo hubiera pintado tan enano y deforme. Sin embargo no desistió, porque un déspota que se precie, necesita un retrato. Hizo buscar a otro artista plástico. Éste, que era conocedor de la suerte de su colega, representó a un hombre alto y esbelto. También lo mató por no ajustarse a la realidad. El tercer retratista que fue instado a representar a su excelencia estuvo pensando la manera de salvar el cuello. Tras pensar durante mucho tiempo decidió retratar a su rey sobre una roca a modo de pedestal y cubierto elegantemente con una enorme capa. Ni se apreciaba su estatura ni sus bultos. Al hombre le pareció algo sublime y premió al artesano con todo tipo de regalos.
Este cuento es una metáfora que Oliviero conectaba directamente con el estilo artístico de la Rusia Stalinista llamado Realismo Socialista y que se convirtió en doctrina oficial. Estos días parece que vivimos en una especie de revisión de la historia. Ante una realidad económica totalmente desastrosa unos pretendemos mostrar la cosa tal y como es, otros muestran una imagen distorsionada y los últimos pretenden ponerle una capa al asunto.

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