España se rompe cuando se acercan elecciones. La tensión política ha alcanzado niveles desconocidos y difíciles de atemperar sin aparente justificación. La sociedad española no vive ningún debate entre república y monarquía de un modo generalizado. En este país la gente se define juancarlista, monárquico o republicano, pero no vivimos el estado de excepción que reflejan algunos medios de comunicación y no se acerca el Apocalipsis territorial como aventura el PP. Tampoco se vive en la calle con la alarma que están trasladando desde el PSOE.
La afición pirómana de una minoría ha dado alas a una respuesta desproporcionada que solo puede responder a la lógica de los aparatos de partido en plena campaña electoral. El PP intenta demostrar que España se dirige irremediablemente hacia el cataclismo territorial y el PSOE no quiere aparecer como el cornudo consentido que paga la cama.
Rajoy advierte que España vive en un final de vía gravísimo y las Nuevas Degeneraciones del PP atienden al orgullo de ser español como defensa contra la traición. Para los populares la consulta que ha propuesto Ibarretxe es un “vértice” sin retorno. Sin embargo, la verdad es que, de momentos similares, llevamos unos cuantos. Incluso peores y no ha pasado nada. El plan del Lehendakari que consideraba Euskadi como un Estado asociado a España fue rechazado en el congreso sin que nadie sangrara. No hubo llantos ni heridas, sólo un avance de elecciones en Euskadi. Zapatero lo sabe, pero el calendario pesa demasiado.
El miedo al brote republicano aun es más absurdo. Es un fenómeno minoritario, extremadamente alejado de los condicionantes sociopolíticos actuales. La reacción de Rajoy es una maniobra más de un partido perdido en el exceso y abandonado a la desmesura política y a la irresponsabilidad de Estado. El pánico del PSOE provoca que la política española la teledirija el PP. Además, como guinda tuvimos el discurso del monarca exagerando su papel y el de la propia institución. Está muy lejos de la realidad pensar que la estabilidad y la prosperidad española ha sido fruto de que el régimen del estado fuera una monarquía parlamentaria.

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