Hace un año que se negociaron los primeros presupuestos dependientes de la entrada en vigor del nuevo Estatut de Catalunya. Por aquel entonces, Solbes utilizó la creatividad contable para que pareciera que el 18,8% de inversiones en infraestructuras a las que obliga el nuevo texto se cumplía escrupulosamente. El vicepresidente hizo trampa al aplicar ese coeficiente únicamente a los capítulos que emanaban de Fomento y de Medio Ambiente. Como el Estado sólo territorializa las inversiones de esos capítulos, el dividendo final resultó ser sólo el 13,9% del presupuesto total que el destinaba a inversiones. Paradójicamente, la inversión en territorio catalán es inferior con el nuevo Estatut que, por ejemplo, en 2006. La voluntad de Solbes es repetir la película, cantar en bable y pintar la mierda de rosa.
Entre planícies intelectuales y palabrería fácil, la gestión pública ínter territorial es un caos formidable. Lo peor del caso es que estamos a garrotazos con el tema, cuando, en realidad, el texto es más provisional que la gripe. El Tribunal Constitucional piensa someter el texto, ya rebajado, a una operación de cirugía plástica para que no lo reconozca ni la portera del Parlament. Y no se dan cuenta que les conviene votar a favor del texto mísero del Estatutillo. Deberían de votar a favor al texto tal y como está para reforzar el sosiego y la paz que Montilla está imponiendo en el paisaje político catalán. Una sentencia favorable al nuevo Estatut por parte del Constitucional apoyaría la táctica gris del actual gobierno de la Generalitat, conformado por un PSC gris e incapaz de debatir ideas y unos entusiastas y autonombrados independentistas que colaboran concienzudamente en convertir la Generalitat en algo parecido al gobierno de Murcia.
Si el TC entrega intacto el nuevo Estatut, se acaba la reivindicación y el lloriqueo identitario, y permitirá que Montilla se dedique únicamente a gestionar, y que lo haga hasta aburrirnos a todos. El despliegue de la ley orgánica estatutaria se convertiría en un culebrón venezolano, ya que durante una década, como mínimo, una comisión inter departamental negociaría año a año, cada artículo y cada competencia a transferir. Si el TC no se pone gallito y elude rebajar el Estatut, logrará que la tarea de ERC y CiU sea, exclusivamente, aportar firmeza en esa negociación competencial con el Estado. Ese sería el juego que el PSOE y PP tienen reservado para Catalunya: poco a poco reducir el perfil reivindicativo y aumentar el sentido tecnócrata de la política y del nacionalimso, porque cuando el nacionalismo se tiñe de gris pierde atractivo y, si desaparece la épica acaba por diluirse. Por tanto, este es el mejor Estatut catalán que España ha tenido jamás. Le permitirá tener una Cataluña en disolución permanente y con un perfil sufcientemente bajo. Pero si aceptan alguno de los recursos, si nos devuelven el texto recortado, ridículamente empequeñecido, entonces, talvez, la reacción digna y unitaria de los políticos catalanes se produzca.

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