La semana pasada finalizó con el informe poco optimista del servicio de estudios del BBVA. La encuesta de Expansión sobre la percepción en la economía real dejaba en mal lugar el optimismo bioquímico de Zapatero. Ayer los mercados continuaron bajando y hoy la Reserva Federal tiene tres opciones: mantener, bajar un cuarto o bajar medio. La primer es mala por neutra, la última por alarmante y la segunda parece la mejor. Pronto se despejará la incógnita. Respecto a Zapatero, casi es preferible que no diga nada porque la situación es, o será, la tenga que ser y no la que el se empeñe en disfrazar. Y es que entre profecía y predicción hay una diferencia notable. La segunda se basa en datos, la primera en percepciones. El prestigioso y objetivo informe del BBVA y no “los folletines como el The Economist o el Financial Times”, establece que la gente no consume, que los ingresos por IVA están cayendo de modo alarmante y que el euribor ya se descuenta en valores superiores al actual.
Talvez, y solo digo talvez, no parece el mejor momento para regalar dentistas, pensiones y pisos. Tirar del superávit no es de recibo a seis meses de unas elecciones, era indigno cuando lo hizo Aznar y es indigno ahora. El saldo en positivo debe ser un fin en si mismo y no una herramienta para comprar votos. Además del los 18.000 millones de superávit, 12.000 son para el fondo de reserva de la seguridad social. Nos quedan 6.000 millones de euros, de los que no sabemos cuantos se destinan a las promesas de última hora puesto que ninguna venía con partida presupuestaria. Una promesa electoralista se diferencia de una adopción política en que la primera no lleva adosado un plan de ejecución económico claro.
La lupa del BBVA, con su informe, detecta que la crisis ya ha desembarcado en Europa. Una crisis, de momento, financiera que no necesariamente debe ser económica. Aun no sabemos ante que tipología de fisura estamos, puesto que el subprime español parece integrado en la morosidad prevista. El riesgo de impago está en el crédito residencial, en el pequeño promotor y, por supuesto, en los créditos al consumo de las entidades que trabajan con TAEs del 20%.
La situación a día de hoy es que esta crisis de confianza ha generado una crisis crediticia y esta, en consecuencia, frena el desarrollo puesto que no se financia el crecimiento. A España, esta situación la pilla con un endeudamiento brutal, el mayor del mundo en términos relativos y el segundo en números brutos. No podemos parar, detener este tren ahora significaría un grave y severo accidente. Es una evidencia y se comenta en círculos cada vez más abiertos que el ajuste será brusco, muy brusco. Hay entidades bancarias consideradas de alta fiabilidad que están ofreciendo productos a crédito rozando el 11%. Otras, al contrario, están intentando recapitular con ofertas que asustan: depósitos al 6,8% para clientes preferentes y en fondos amplios. Pero lo grave es que el crédito esta caro para las empresas y para la refinanciación de sus activos. A los que les toca refinanciar bonos en estas fechas no logran hacerle correctamente el nudo a sus corbatas.
Volviendo al documento del BBVA de la semana pasada, en el que habla de una previsión de crecimiento cinco décimas por debajo de la comisión europea. Esto que ya sería preocupante por si solo, lo es aun más si lo determinamos en el contexto: significa crecer 1,2 puntos por debajo de lo que lo hacemos ahora mismo. Las desaceleraciones pueden ser la rebaja de una o dos décimas, la caída de más de un punto es una corrección acentuada, lo pinten como lo pinten. Lo peor de todo es ese optimismo casi idiotizante de los que, viéndose en la recta de tribunas y con las elecciones a pocos meses, solo hacen que negar la evidencia. Los ajustes bruscos acentúan las desaceleraciones y las desaceleraciones inesperadas y no abordadas correctamente generan recesión.

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