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Los activos de la política catalana viven estos días una especie de psicosis premenstrual. A pocos meses de ovular, con las elecciones generales amenazando desde el horizonte, los dirigentes de los principales partidos catalanes siguen acumulando su basura de partido en los cubos de siempre. Una de las meriendas más interesantes se está viviendo en las filas de la coalición electoral más importante de Catalunya. En Convergencia i Unió ya se dejan de floretes con empuñadura italiana y se pasan al gusto por la navaja cabritera.
Mas pasó de delfín digital a presidenciable creíble y su obligación desde entonces es procurar una distancia política e ideológica identificable con respecto a un gigante de la escena pública como es Duran. Que a Duran le pone eso de ser parte de un ejecutivo en Madrid es obvio pero que eso responde también a una voluntad política de larga distancia es absolutamente cierto. El error no es tanto confrontar dos opciones de carácter estratégico y con sentido de estado o futuro, no, lo triste es que se utilice a las personas y su liderazgo como elemento de discusión olvidando donde está la capa brillante y donde la sustancial.
Mas se equivoca conectando la hipotética participación en el gobierno central con el hecho de mandar en Catalunya previamente. Una cosa funciona independiente de la otra. Lo contrario sería españolizar la política catalana. Si los intereses de Catalunya son prioridad programática de Convergencia ¿donde mejor para defenderlos que en un Consejo de Ministros? Guardando las debidas precauciones y con una profilaxis ideológica con garantías, esa posibilidad no sería ninguna locura. Es una contradicción pueril presentarse a las legislativas españolas, pretender ser clave en la composición de mayorías y ante una oferta u opción de participar del ejerció de gobierno del estado, apartarse, negarse y esperar que el desgaste lo sufran otros. No es un buen papel ese. La normalización nacionalista, como elemento estructural de la política en España, pasa por esa implicación efectiva, lo que, por otro lado, no excluye en ningún caso la musculación soberanista. Dividir la federación solo llevaría a la confusión electoral y a la larga a una peligrosa reconstrucción del Pp catalán gracias a acuerdos con Unió, al estilo UPN, que aquí es diría Unió Popular de Catalunya i que daría respuesta a dos necesidades: un perfil catalanista al Pp i uno más estatal al partido de Duran. Cuidado que jugamos con fuego.
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